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Bioética y Profesionalismo

Grupo Bioética

Microethics: the ethics of everyday clinical practice

Referencia:

Truog R, Brown S, Browning D, Hundert E, Rider E, Bell S, et al. Hastings Center Report 2015;45:11-17.

        La bioética nació a mediados del siglo pasado “a pie de cama”, a la cabecera de los pacientes. Sin embargo, en las siguientes décadas la mayoría de los debates sobre bioética han tenido lugar lejos de los hospitales. Es en los departamentos del las facultades donde se analiza desde un punto de vista teórico el estatuto del embrión, las circunstancias en que se podría permitir el omitir el proceso de consentimiento o los límites de la “verdad tolerable” o la “mentira piadosa”, por nombrar algunos ejemplos. Si bien es un éxito que los curricula  actuales de los estudiantes de medicina incluyan una asignatura de Bioética, no es menos cierto que ésta suele ofertarse en los primeros cursos, antes incluso de que los estudiantes hayan tenido contacto clínico.

            Los autores del trabajo actual proponen retomar este sentido primordial de la bioética, el de las decisiones del día a día, el de las pequeñas valoraciones que se llevan a cabo en la atención de cada paciente, ya que la “ética es lo que ocurre en cada interacción entre todo médico y todo paciente”. Todo personal sanitario toma muchas pequeñas decisiones de índole médica a diario con cada paciente, la mayoría de ellas de manera absolutamente inconsciente. En este sentido, los autores proponen varios puntos de reflexión que ponen de manifiesto la necesidad de combinar la reflexión filosófica moral “externa” con esta visión más “microética”, más propia de cada problema y adaptada a cada circunstancia, más “interna” a cada caso. Y lo hacen considerando tres puntos principales:

  • la necesidad de ayudar a construir, junto con el paciente, su escala de valores más apropiada para cada circunstancia
  • la necesidad de explorar y reconocer los propios valores y prejuicios que pueden condicionar, voluntaria- o involuntariamente, las decisiones de los pacientes, y
  • la adecuación del proceso de información de acuerdo con estos factores previos.

            La situación ideal en que el médico plantea una situación y el paciente elige un curso de acción de acuerdo con unos valores preestablecidos, madurados y ordenados probablemente sea irreal. En situaciones de particular fragilidad, como es cualquier enfermedad grave, las ideas previas se descolocan y desordenan. Por ello, es preciso que, al igual que en el resto de decisiones éticas, la construcción de un sistema de valores sea participativa, bidireccional, entre médico y paciente. El primero deberá ayudar a ordenar aquellos que puedan ser relevantes para la situación clínica concreta, y a ponerlos en el contexto global del paciente. Sin embargo, para eso se requiere reconocer los propios prejuicios o puntos de partida. No es posible actuar con neutralidad plena frente al paciente, sino que quizás la situación requiera reconocer y compartir las propias experiencias y valores, para alcanzar entre todos una decisión prudente. Esto exige una buena dosis de humildad, paciencia y autocrítica, que permitan al paciente “aclarar sus ideas”, conociendo cuáles son las nuestras, y recibiendo una información lo más ponderada posible, de cara a que su decisión sea libre. Esta “ética compartida” o “ética frente al paciente” complementa la visión inicial, más académica, y ambas enriquecen la relación clínica. Sin embargo, para poder enseñar esta manera de trabajo tenemos que estar dispuestos a reconocer nuestro propio punto de partida, y a justificar nuestra posición frente a otros (compañeros o pacientes). ¿ Estamos dispuestos a abrir esas puertas, o vamos a seguir trabajando a puerta cerrada?

Diego Real de Asúa

Internista y magister en bioética